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Cuando la Ley Sinde agonizaba, un Gobierno en funciones la rescató

No es habitual que en CorreCalles se publiquen contenidos que se salgan de las cuatro líneas de una pista de baloncesto, pero la ocasión lo merece. Como medio difusor de información nacido gracias a la mentalidad internauta de compartir y generar conocimiento e información libremente, CorreCalles no se puede quedar impasible ante el atropello que el Ministerio de Cultura pretendía colar en la disposición final segunda de la Ley de Economía Sostenible (página 89). La ropa de camuflaje era buena, pero cuando muchos ojos observan la visión termina adaptándose y nada se pasa por alto.

Por la violación de los derechos fundamentales que supone que un organismo dependiente del Ministerio de Cultura, y por ende del poder ejecutivo, pueda cerrar páginas web sin necesidad de una autorización judicial; y ante la inminente aprobación del reglamento de la polémica Ley Sinde, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet seguimos manifestando -como hicimos en el Manifiesto de 2 de diciembre de 2009– nuestra firme oposición a una norma que incluye modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet. En principio no parece de recibo que un Gobierno en funciones adopte esta decisión en su último o uno de sus últimos Consejos de Ministros. En todo caso insistimos en estos razonamientos:

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del Ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

No te rindas: copialo, pásalo.


Campos grandes para un deporte grande

¿Qué tiene el fútbol que no tenga el baloncesto? ¿Los jugadores? No. Sobre el césped juegan once contra once, más que en baloncesto, pero no tan altos y fuertes. ¿Los entrenadores? Las charlas técnicas en los tiempos muertos y las estrategias hasta el último milisegundo del partido son precisamente de lo que más llama la atención de nuestro deporte. De hecho, el fútbol ha importado un elemento de los técnicos de baloncesto: la elegancia de quien está al mando de la plantilla vestido con traje y corbata. Entonces, ¿la tecnología? Imposible. El presidente de la FIFA, Joseph Blatter, se niega a introducir dispositivos electrónicos que ayuden en la labor arbitral; mientras que en el balonceto, desde hace años, se recurre al ‘replay‘ para comprobar si una canasta entra dentro del tiempo o no. Así que, ¿qué le falta al baloncesto para ser más grande que el fútbol?

Hasce poco hablábamos de eso, pero si es cuestión de tamaño, la respuesta está en los estadios. Muchos equipos de fútbol están cubriendo sus campos para protegerlos de tormentas que entorpezcan el espectáculo, y además son hasta diez veces más grandes que los pabellones que cada fin de semana acojen la Liga Endesa ACB. El último que se apunta a poner techo a un estadio es Florentino Pérez. Cubrir el Santiago Bernabéu es uno de los grandes sueños que tiene en mente el constructor y presidente del Real Madrid. Y eso le viene de perlas a la Federación Española de Baloncesto, que organizará en 2014 el Mundial de Baloncesto y lo quiere culminar a lo grande: al estilo del All-Star de 2010 en Dallas, en un estadio donde quepan más de 80.000 almas. José Luis Sáez, presidente de la FEB, ha manifestado que “si se techara el Santiago Bernabéu sería una magnífica sede para la final del Mundial de Baloncesto”.

Es cierto que solo podría llenarse si España llegara a la final y si enfrente hubiera una selección digna del espectáculo que se demanda (Estados Unidos, ojalá). Quedan menos de tres años y tenemos una selección joven por la que apostar para futuros éxitos, pero si otro país se interpusiera en el camino, tal escenario se quedaría desierto y lo que hubiera sido una hazaña se convertiría en un fiasco mundial. De todas formas, soñar es grtis, y yo me veo en las gradas del Bernabéu para llevar a lo más alto al BA-LON-CES-TO.


Mucho público pero poca audiencia

 

El aire que pierde el fútbol con el conflicto de las radios podría inflar las audiencias del basket. /PABLO GIRÓN

El BA-LON-CES-TO está pasando por un momento de su historia peculiar. Hace cinco años la selección nos colocó en la cima del baloncesto mundial y tan solo perdimos el pie en Turquía 2010, pero volvimos a remontar hasta el pico en Lituania. Campeones de Europa en las dos últimas ediciones, y subcampeones (campeones en realidad, sin exagerar) olímpicos. Esto es lo que somos. Y esto es lo que tenemos: poco más de un punto de share en la retransmisión de la primera jornada de la Liga Endesa.

La materia prima la tenemos: un baloncesto de calidad solo superado por la NBA si se pusiera en marcha. Ahora hay que preguntarse qué es lo que no funciona alrededor para que el baloncesto no sólo interese cuando España se juega los títulos. Podemos culpar a los medios de comunicación por no darle mayor espacio informativo, podemos señalar a las instituciones (pasar de celebrar los títulos en Plaza Castilla o Cibeles, a celebrarlos en Callao… no dice mucho a su favor), o podemos acusar a la misma Federación o Liga Endesa por no vender un producto que es bueno en sí, pero mediocre en su puesta en escena.

Aficionados hay, y muchos. Para darse cuenta solo hay que ver los pabellones llenos todas las semanas y aficiones como las del Estudiantes, las del Caja Laboral o Unicaja (entre muchas otras) con ambiente de charanga. Hay multitud de blogs como este profesionales que van más allá de la mera actualidad del baloncesto, juegos como el Supermanager de la ACB que enganchan, y revistas especializadas para los más hambrientos de información.

Pero entendidos los hay menos. Este posiblemente sea uno de los grandes obstáculos para que el baloncesto que tenemos cale en la sociedad. Para aquel que tan pronto te ve un partido de tenis como una carrera de motos o una etapa del Tour, la ACB no supone ningún espectáculo por encima de otros deportes. La realidad es que el baloncesto se está volviendo cada vez más técnico. Eso a tipos como yo nos puede gustar, pero no es un reclamo suficientemente atractivo para el resto del público. Así ocurre en los deportes del telediario: nos muestran las cinco mejores jugadas de la NBA y el espectador ni se pregunta por nuestro baloncesto.

La verdad es que la situación es cuanto menos paradójica: el basket mira desde lejos y sin amigos como algunos medios de comunicación luchan por recuperar la amistad de una competición que ya no les ajunta. Ojalá que, todo ese interés lo mostrasen por un balón de cuero y un par de canastas, porque para que los entendidos sigan siéndolo y los aficionados se diviertan hace falta que haya tirón mediático. Me quedo con lo que dijo Xavi Pascual a El Mundo Deportivo: “Que las audiencias aumenten en baloncesto es un un objetivo más importante que los títulos”.


La cruda realidad

¡Cuánto cuesta llegar a ser un deportista de élite y cuántos nos hemos se han quedado por el camino! Todo el mundo ha tenido la típica conversación madura sobre nuestro futuro con los amigotes en el recreo del colegio y que empezaba con un: “Yo voy a ser jugador del Real Madrid, ¿y tú?”… “¡Pues yo también!” Luego ya la implacable realidad nos va poniendo en nuestro sitio.

Partido ACB 2010: Real Madrid - Obradoiro. /PABLO GIRÓN

Donde nos imaginábamos entrenamientos y partidos en grandes pabellones abarrotados con pancartas y speaker incluido coreando nuestros nombres, en realidad hay una pista de asfalto con un par de canastas que tienen media red colgando y un tablero de madera. Y a menudo te encuentras con aros torcidos (si no rotos) por culpa de esos gamberros que llegan a machacar. Tampoco podemos despistarnos en los tiempos muertos mirando la coreografía de las cheerleaders, porque las últimas cuatro carreras no nos han dejado aire ni para fijarnos en la novia de algún compañero. En lugar de tener un grupo de ultras con cánticos ensordecedores, nos conformamos con engañar a los amigos para que nos vengan a ver jugar.

Nada tiene que ver con aquellos sueños de la infancia un banquillo con tres jugadores sin aliento, cuando lo que nos hubiera gustado es tener a cuatro entrenadores, un preparador físico, un médico, un fisioterapeuta y otro tío que te traiga la botella de agua y una toalla para el sudor.

El bolsillo también anhela lo que pudo haber sido y nunca fue: tener que pagar para poder entrenar un par de días a la semana y jugar con los amigos de siempre en el equipo del pueblo queda muy lejos de la fama y los sueldos astronómicos que uno creía tener asegurados. Los viajes en avión cada quince días y sin esperas eternas esperando a embarcar, en nada se parecen a los desplazamientos de cinco personas metidas en un Clio.

Pero, más allá de las infraestructuras que tengamos, de una afición más o menos incondicional y de una cuenta corriente en números rojos o verdes, siempre quedarán pequeños grandes placeres que serían inalcanzables desde la cima del éxito. Bueno, solo se me ocurre uno: las ruedas de prensa y entrevistas después del partido no superan a la las cervecitas en el bar para reponer fuerzas.